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que todo sea abundancia, regalo y comodidad. Este es el espiritu peculiar de nuestra época, que ha suscrito al sensualismo; y, preciso es confesarlo paladinamente, si se libran del contagio algunos individuos, no se ha exi- mido atin ninguna clase. Grandes, pueblo, nobleza, vul- go, sagrados, profanos, todos estamos viviendo en una atmésfera que no respira mas que sensualidad. ,Tenemos razon para estremecernos al pensar que todo el progreso: de nuestro siglo no tiene otro objeto que halagar los sen- tidos con toda clase de goces y en todas las clases socia- les? ; Ah! Si, ciertamente; porque el resultado de tanto adelanto en la sensualidad no puede ser otro que el arro- jarse los hombres en los brazos de los placeres, y de ahi ‘pasar 4 la dureza de corazon, 4 la indiferencia y 4 la in- ceredulidad. Y esto, qué es? El vestibulo del infierno; para’ caer en él no falta mas que un escalon, el escalon de la muerte. Noes esta, sefiores, una materia que debamos mirar con indiferencia, 6 procurar olvidarla con sarcastica son- risa. La descripcion que me habeis oido de la naturaleza y efectos del fuego infernal no es mas que un simple comentario de lo que nos dicen los Libros sagrados. Esto. ha sido tenido por la ciencia incrédula como una inven- cion del sacerdocio catélico; han querido los incrédulos confirmar con esta asercion su error antiguo de que el terror introdujo el culto de los mimenes en la tierra. ; Ah, ministros del santuario! Cuando sois llamados 4 anun- ciar la verdad, no temais decir en alta voz que el defrau- dador, adultero, cruel con sus padres, incestuoso, trai— dor 4 su patria, no tiene en el mundo venidero otro por= venir que arder en el fuego inextinguible! No sdlo teneis 4 retaguardia para vuestra defensa 4 la Iglesia, & los Pa- aires, 4 los Apéstoles, 4 Jesucristo, 4los Profetas con sus” reuniones, lujo y disipacion; si 4 los teatros, licenciasy _ pasatiempos; si entramos en nuestros hogares , queremos - tian om

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