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s& dad de desterrado , los sudores'y fatigas de la vida, las contradicciones del enemigo , cuanto pueda presentarse que contrarie mi propia dicha temporal, desaparece ante - la esperanza que me dan estas palabras del divino Pablo: «Dios nos eligié en Jesucristo su Hijo antes de la for- macion del mundo, para que fuésemos Santos y sin man- cilla en su presencia, y nos adopté por hijos en Jesus.» Al lado de estas ideas, que tanto consuelan al hom- bre, surgen otras que lo llenan de espanto y terror; Dios ha criado al hombre para el cielo, lo ha elegido para que fuese santo y sin mancilla, lo ha predestinado 4 que fue- se su hijo adoptivo en Jesucristo; mas este mismo hom- bre quizas no quiere esta eleccion, quizas desprecia la adopcion divina, quizds, abusando dela voluntad que el cielo le ha dado para que sus acciones sean meritorias, no quiere vivir en justicia y santidad, ni corresponder 4 la gracia de la vocacion, y enténces se desviftta el bal- samo que cura las heridas del desterrado, y nada resta al alma humana para su porvenir més que una enemis- tad eterna con Dios, un édio implacable contra su Cria- dor, un eterno crujir de dientes , un remordimiento devo- rador que no tiene término, unos tormentos intensos que durardén miéntras dure Dios, cuya naturaleza es la eternidad. ; Ah! Dos extremos veo para el hombre: uno me revela la misericordia de Dios, otro su justicia; Dios es bueno, y no puede criar 4 la criatura para que sea mala; Dios es misericordioso, y no puede negar su gra— cia al que sin ella no puede gozar de los efectos de su bon- dad; Dios és remunerador, y no puede ménos de dar el cielo & quien lo merece. Dios es justo, y necesaria- mente ha de condenar & quien Jo ultraja y menosprecia. - Cuando salva al justo, ejerce su misericordia y su justi- cia; cuando condena al pecador, vindica su misericordia y ejerce su justicia; y nada de esto sucede sin que sea el regulador el decreto eterno que destina al hombre 4 lo deg si hit > aes in ic. t

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