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= ae i! Tao sat ge ee penetrando en la asamblea devota, entre suspirosy la- grimas sollozaba el penitente unas cuantas palabras se- mejantes 4 las del publicano del templo: «Dios mio, de- cia, tened piedad de este pecador;» y vuelto & los tran- seuntes: «jRogad, exclamaba, rogad por este desgracia- do!» Alli, en castigo de‘sus culpas, pasaba otros cinco, diez y hasta veinte afios , absteniéndose de todo alimen-. to regalado, hiriendo su cuerpo. con azotes, durmiendo sobre la dura tierra y no dsando alzar sus ojos al cielo ofendido. Y no eran estos hombres de los que, el mundo Mama vulgo capaz de toda humillacion. Si pecaha el. ple- beyo, se humillaba en la penitencia; si faltaba el sacer- dote, se enmendaba en la penitencia; si el purpurado cometia alguna trasgresion, dejaba el cetro y el manto recamado para reemplazarlo con el saco y cilicio, ;Ah, gran Teodosio, duefio del mundo civilizado! Tu, no, des- mentiras mi doctrina; eras grande en tus conquistas, grande en tu legislacion, grande en tus empresas; come- liste yerros ; te dejaste llevar de la venenosa adulacion, --y mandaste quitar la vida 4 tumultnosos y pacificos; — pero nunca fuiste mas grande, nunca mds herdico. que cuando, en penitencia por tus pecados, estuviste ocho. meses privado de entrar en la iglesia, y al fin te ceniste de un saco y pediste publicamente perdon al obispo de Mi- lan! Esto mismo practicaba el pobre y el rico, el noble y el plebeyo, el general y el soldado. ; Tan persuadidos es- taban los cristianos de que, perdida la inocencia por el crimen, no les quedaba otro recurso para entrar en el cie- lo que el de reparar el candor de la inocencia perdida con una penifencia austera! Siglos de oro de.la piedad cristiana, ya no existen; la Iglesia, como Madre tierna que advierte rebeldia en un hijo indomable, tuvo & bien suprimir estos actos publi- cos, dejando la penitencia para el retrete del cristiano; el ayuno, la oracion, las obras de caridad y piedad fue-
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