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vi : Z =: * Lt cee S257 Ph ae hie a ee ging 2. 261 ‘ta el dulce nombre de Jesus y Maria; ya no oye; en vano _ toma en sus manos el signo de nuestra redencion»y lo * -aplica 4 los labios casi yertos; ya no siente; en vano lo levanta hasta sus ojos, lascivos en otro tiempo, pero hundidos ya y céncavos como un sepulcro; ya no ve; en vano aplica 4 todas partes laimdgen de un Dios mori- _ bundo; todo es inutil; el pecador espiré entre los remor- dimientos de su conciencia. ;Y qué sorpresa para el des- -dichado! ; Qué abismo veabierto 4 sus piés! ;Qué juicio tan terrible! {Qué espanto-encontrarse en el tribunal de Dios, sin haber habido otro espacio entre una vide criminal y un Juez inexorable, que los suefios y el ,le- targo de una corta enfermedad! Oid esto, hombres que olvidais 4 Dios toda vuestra vida antes que llegue la hora’ de caer en sus manos, sin que haya quien pueda sacaros. : Intelligite hoc qui obliviscimint Deum ne quando rapiat, ‘et non sit qui eripiat. (Psal. xux, vers. 22.) sa-Hé aqui, amados mios, la muerte diaria de los peca- -dores; un pecador con los remordimientos son los que le conducen la ultima desesperacion; pero jcuantos ene- migos le rodean en aquella hora! ;Con cuanto ahinco y furor se hallan los demonios para tomar posesion de su alma! Esto es lo que hace mds espantosa la muerte del hombre criminal, y vamos 4 verlo en la SEGUNDA. PARTE. rd La vida del hombre no es sino un combate continuo, una tentacion no interrumpida; no porque Dios lo haya criado para tentarle mas alla de lo que puede soportar la humana fragilidad, como afirma el Apédstol Santiago , sino porque habiendo el mismo hombre decaido por su culpa ‘de aquel estado de inocencia primitiva , su concupiscen— re 3 MAS * =. <j ' dene RE ne 9 : esi ’

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