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gee este aparato bélico seYusipe: como el viento? Es posible _ que 4 esta ovacion pueda seguirse la humillacion; que, acabado este dia de gloria, pueda venir el momento de quedar nivelado con los hombres desconocidos y que nada han hecho por Ja humanidad? ;Es posible que la muerte ha de= hilo 4 mis dias sembrados de glorias? ;Oh! _ iSi enton tuviese al ménos el consuelo de morir con la muerte de los justos !» Esta idea persigue al rico, que se ve colmado de los tesoros que él mismo ha amontonado, sin saber para quién han de ser; este pensamiento corta todos los gustos y placeres del pecador qne se halla ato- llado en sus desérdenes, y hasta el mismo impio, agita- do con mil dudas sobre la eternidad, acongojado con la incertidumbre de lo que pasa mas alla de la tumba, cier- to de que 8u vida ha de acabar, incierto de la hora, del _ momento y del dia en que ha de llegar, en medio de la aversion que profesa al justo, un rayo de luz penetra su corazon, un temor le hace estremecerse, y 4 pesar suyo deja escapar esta voz: «j Ah! {Si pudiese yo morir con la muerte de los justos!» Moriatur anima mea morte justo~ rum. (Num,, cap. v-) Necesario es , pues , morir, amados mios, y epenas el hombre empieza. d respirar el aire comun, ya sale, co- mo dice San Cipriano, con la soga al cuello para ser con- ducido al suplicio. Llegada la hora fa os, sin dis— tincion, caen al filo de la guadafia; el Rey en su trono, _ el pobre en su choza, el grande en su palacio, el noble, el plebeyo, el nifio y el anciano ; legado el momento, no hay distincion de sangre ni de nobleza, de ciencia ni de ignorancia; sdlo dos extremos acompaiian la suerte del hombre? morir como justo, 6 morir como pecador. Cesa= ran los honores, se acabaran lias riquezas, céncluira cuanto ha acompafiado al hombre hasta aquel momento; los amigos con sus lisonjas, el mundo con su aparato, la carne con sus alractivos , la vanidad, la ostentacion, los
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