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cia, reinaban tiranicamente las ciegas y temerarias pasio- nes, siendo sus satélites las fuerzas brutales del cuerpo.» 4Y de qué otros pueblos sino del suyo podia hacer esta triste narracion aquel sdbio, que nolo fuera por tanto, con toda solidez, pues confiesa 61 mismo que él y sus compa- fieros en la ciencia reconocian que no podia haber sino un solo Dios, y adoraban, sin embargo, 4 los idolos, por no ir contra el torrente del populacho, que los sacrifica- ra en su furor, como hiciera la Grecia con Sdcrates por haberse atrevido 4 publicar la unidad de la esencia divina? ; No hay que dudarlo; cuando la verdadera Religion ha echado hondas raices en un pueblo, nadie puede desqui- ciarlo; se presentaran mil huestes enemigas; se fragua- ran contra él planes maquiavélicos; se intentara su ruina, pero siempre saldra triunfante; porque reinando la Reli- gion imperaran tambien la equidad y justicia, y 4 su sombra, como bajo un robusto cedro, vivira cada cual pa- © cificamente, nulriendo en su corazon amor a Dios, amor Alas autoridades, amor 4 sus hermanos, amor 4 su patria; y aquién no lo vé? los vinculos que el amor engendra son indisolubles, y cuando las naciones poseen este amor que la Religion sola inspira y conserva en Ja muchedumbre,. — - son para alacar al enemigo semejantes al rayo despedido _ con fracaso de Jas altas nubes, son como el caudaloso rio contra cuya rapida, marcha no pueden los mas ele— vados montes. Quien pretenda encontrar estos lazos fuera de la Religion, es un Atila de la sociedad; en el contacto que por necesidad hemos de tener mutuamente los hom- bres, precisamente nos hemos de estrellar unos con- tra otros si la Religion no es el primer motor de nues- tras acciones. Ha de haber necesariamente en el mundo quien mande y quien obedezca ; pero ved lo que dice 4 cada uno de los hombres esta Maestra infalible: «Vos- otros los que mandais en los pueblos, dice 4 los grandes,

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