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241 purisimo sin mezcla de fanatismo, una Religion que nos manda mirar en los hombres otras tantas imagenes de la Divinidad, que nos dice que los mandatarios mundanos son la expresion de la razon y la ley, al paso que ensefia a éstos 4 mirar en sus stbditos unos hermanos que les pagan tributos para que velen continuamente por su se- guridad y se sacrifiquen por su bienestar, no puede mé- - nos de hacer felices 4 los hombres; porque es preciso no alucinarse con las vanas teorias del racionalismo filo- sdfico; para someterse 4 uno es indispensable reconoceren él alguna superioridad que le venga de arriba; pues el hombre no puede dar lo que no tiene, y sdlo Dios es aquel por quien reinan los Reyes y sancionan leyes los legisladores; bien puede ser encadenado el hombre, bien puede'ser conducido al patibulo, que en su corazon se negara 4 prestar obediencia y sumision a todo aquel en quien no reconozca una comunicacion del imperio divino. Hé aqui lo que constituye sdlidamente la sociedad hu- mana; todos los otros principios de la demagogia racio- cinante no son mds que caslillos fundados sobre arena; soplan sobre ellos los huracanes de los pueblos siempre ignorantes; caen copiosas aguas de contrariedades, y caen de repente, envolviendo el mundo en ruinas lamen- tosas. En efecto; siempre que estos princi han sido mi- rados |con indiferencia, la humanidad ha llevado por lar- gos afios vestidos de luto. Las naciones que precedieron la era de la civilizacion del Evangelio, no ofrecen a cada _paso sino cuadros horribles. La fuerza brutal era la que imperaba, en vez de ser la fuerza moral, la fuerza de con- vicciones y principios la que sujetaba las masas al poder. Asi vemos tambien que no se tenia en nada ni la vida del hombre, ni el honor de las mujeres; una batalla de- cidia para muchos afios la suerte de todo un pueblo, siendo sefiores de vida_y muerte los vencedores, y que- TOMO I. 46
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