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rible que puede acaecer al hombre racional y — Oidme con atencion. Es evidente que el entendimiento humano no encuen- tra toda la perfectibilidad de que es susceptible, ni en los objetos sensibles, ni en la vanidad, ni en las-rique- 7s, ni en los honores; a pesar suyo, y dun cuando cie- gituents quiere archer por la noche tenebrosa del error, le persigue una centella de luz, y oye resonar en el san- tuario de su alma una voz que lo agita sin cesar, que le quita el reposo y acibara sus placeres: «Tu perfeccion, le dice, no est& en este mundo; tu dicha no esta en Ja ma- teria corruptible; la posesion de un bien infinito es tu fin, la rectitud en tus operaciones son los medios para alcan- zarlo;» y deaqui cae necesariamente el hombre en una - consecuencia necesaria é inevitable, que le dice la exis- tencia de un Dios que premia y castiga para siempre, la espiritualidad 6 inmortalidad de su propia alma, destinada a goces eternos 6 4 eternos tormentos. Nadie se atreva a negar este principio infalible, pues se acreditara de mas barbaro y grosero que los iddlatras, quienes, aun en su degradacion, profesaban la doctrina de los Campos Eliseos y del cruel Tartaro; lugares donde los unos eran felices, los otros desdichados, segun las obras que hicieron en esta vida. Y aqui esté, no lo dudeis, toda la perfeccion del alma: saber lo que es Dios, conocer lo que es ella misma, para amar 4 Aquél como a objeto de perfecciones —infinitas y de eterno amor, y salvar 4 ésta del naufragio eterno en que pudiera envolverla su indiferencia en amar y servir 4 este Dios; y esta dicha, esta adquisicion la tiene el entendimiento humano en su peregrinacion, pues sabemos que «ahora vemos & Dios como en un espejo y entre enigmas, para contemplarlo mas tarde cara 4 cara; sabemos que, «considerando la gloria de Dios, somos trasformados de claridad en claridad , descubriéndosenos cada vez mas clara su esplendente luz, hasta que nues-
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