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245 ahora no tienen excusa de su pecado.» ¥ asi es; si estos sabios hubiesen examinado con sinceridad y des-_ preocupacion la doctrina de Jesus, lo habrian reconoci- do por el Profeta que anuncidra Moisés en el Deutero- nomio; mas lo veian todo superficialmente; no pene- traban el espiritu de su mismo sagrado cédigo; no te- nian ideas fijas ni en su dogma ni en su moral; inter- pretaban los mandatos del cielo, no segun las tradiciones proféticas , sino segun sus miras particulares; veian con indiferencia la opresion del huérfano y de la viuda, la’ profanacion del templo, la rapiiia y Ja inmoralidad, cri- - menes que ocultaban bajo apariencias de virtud; no — cifraban su religion sino en abluciones, en apariencias, y en presentarse al santuario con frente altiva, con fausto y vanidad; no tenian otro celo que el de buscar é indagar vidas ajenas para castigar 6 imponer un yugo que se guardaban muy bien de tocar ellos ni 4un con la punta de su dedo; en una palabra, la religion de estos hombres consistia en practicas y ritos, en que pudieran parangonarseles el sébio de Atenas, 6 sacerdote del Ca- pitolio; eran indiferentes en dar 4 Dios un culto verda— dero 6 un culto fingido, en profesar la verdad 6 la men- , tira. Asif es que, llenos éstos de orgullo y vanidad, de= seosos de honores y ansiosos de riquezas, no podian examinar con sinceridad las acciones y palabras de Je- sus, ni reconocerlo por el’ Mesias, por tener sus enten- ditientos y corazones depravados y corrompidos, efecto funesto de la indiferencia con que miraban el cumpli- miento exacto de la ley divina. Si non venissem, etc, Con las delineaciones de este triste cuadro podeis comprender el objeto que voy a dilucidar. La indiferen- cia condujo 4 los fariseos al deplorable extremo de no ver la tersa luz de la verdad, y estos mismos efectos produce en los hombres de nuestra edad malhadada, siendo ellos mismos la causa de su propia ruina; en una ‘
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