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. ‘al débil arbusto ni al cedro de cien aiios, ha devora- do todo el verdor de Ja fé de nuestros padres. Succensa est quasi ignis impietas. Ven las madres con indiferen- cia el retiro de sus hijas, la educacion que reciben, los libros que leen, las amistades que tienen, y no es extraiio que la compafiera que Dios diera al hombre se haya convertido en idolo de la sociedad, tinicamente ocupado en recibir adoraciones; no es extraflo que sea- mos testigos de tanta disolucion escandalosa; no es ex- trafo que veamos 4 tantas jévenes exclusivamente dedi- cadas 4 leer novelas, 4 frecuentar teatros, 4 concurrir 4 bailes, 4 parecer en publico, a brillar, 4 encantar y 4 cor- romper corazones; miéntras que la Iglesia, que por ellas ruega singularmente, no las ve entrar en su recinto sino para profanarlo con sus galas y atavios: Succensa est quasi ignis impietas. ;Qué mas! La-inocencia y el candor se han retirado dun de la misma infancia, por- que los padres de familia y los adultos en general no guardan aquel decoro que prescribe la Religion en las conversaciones; delante de los nifios se trata de amo- res, de infidelidades, de galanteos, de danzas, de re- presentaciones, y de mil cosas profanas, lo que, unido ‘& no ver en sus casas ningun ejemplo bueno, ni oir jamas hablar de Dios, del alma, del infierno y de la eternidad, hace que se encuentren demasiado prema- turamente llenos de deseos de practicar lo que ven y de descubrir la realidad de lo que oyen en otros, eje- cutandolo ellos mismos. Succensa est quasi ignis im= pietas. . iCristianos! El cielo esta irritado con justicia, contra nosotros, y no os admireis de que de cuando en cuando se deje ver entre vosotros algun rasgo de su ira vengadora; no os admireis que vuestras casas y vuestros campos se convirliesen pocos meses ha en teatro de llantos y de dolor por la horrenda catdstrofe que Dios misericordioso TOMO I. th

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