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que mil afios antes viera David 4 este santo monte, dando voces y saltos de alegria, al sentir en su cima la fuerza del brazo divino; nada me extraiia, pues el que obra esta trasformacion no es hombre solo, sino Hombre y Dios; ni tampoco es cosa nueva que el Padre que lo engendra desde la eternidad asista a este espectaculo prodigioso ; pero hay en esta transfiguracion un hecho que llama mi atencion, y debe causar el mismo efecto en todos los hombres; despues de haber descubierto Je— sus su gloria 4 los mortales, gloria increada en su Per- sona divina, gloria que poseeria su humanidad en toda su latitud despues de la Pasion, el Padre se dirige 4 toda la humanidad con estas palabras: «Este es mi Hijo el amado... Oid su voz.» Hic est Filius meus dilectus... Ip- sum audite. Y estas razones del Padre son admirables, porque en ellas esta cifrada toda la bondad de Dios para con los hombres, y toda la obligacion de los hombres para Con Dios, despues que Este se humané por ellos. Poco tiempo antes de esta transfiguracion , al presen- tarse Jesus en las aguas del Jordan para ser bautizado por el Bautista, y al dar principio 4 su predicacion, se abrieron los cielos, y el Padre did testimonio puiblico de que aquel que aparecia en fornm de pecador era su Hijo bien amado, objeto de Sus complacencias, mas no mand6 4 los hombres por aquel momento*que oyesen su voz, y sdlo les impuso este precepto despues que éstos fueron testigos de la gloria que le resultaria por la pa- sion; gloria de que ellos serian participes si seguian sus ~ maximas y cumplian sus preceptos; de modo que este Dios que en otro tiempo imponia leyes al pueblo hebreo, entre los espantosos rayos del Sinai, prometiéndoles fe- licidades en esta vida, hoy nos manda que sigamos la voz de su Hijo; pero nos lo manda entre suaves y apa- cibles nubes, y ensefidndonos antes un disefio de lo que hemos de ser un dia en el cielo. Hic est Filius meus, ete. ee ee ca)

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