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ces de la vida verdadera. Los bienes de este mundo no son para él sino un débil paliativo de los males de la peregrinacion, un medio de garantirse de las dolencias que aquejan4 los mortales; por consiguiente, su uso ha de ser moderado para que no perjudique, no teniéndolo en propiedad, sino en usufructo; su vida misma no la debe sacrificar 4 si mismo, sino conservarla hasta que el Soberano Dueiio se la demande de nuevo para refundirla en el océano de los eternos placeres. Yo os pregunto, amados mios, si un hombre que tiene sobre si mismo estas ideas puede ser desdichado, y todos me responde- reis que no. Volvamos ahora nuestra vista 4 la sociedad; exami- 7 ‘hemos las ideas que la ley divina nos inspira; deducid las consecuencias justas, Yy encontrareis que Dios quiso” que fuéramos todos felices en el cumplimiento de su ley divina. Basta saber el segundo mandato de esta ley, el amor al prdjimo, para comprenderlo. Este amor es uni- versal , independiente de las afecciones que la misma ley divina ordena hacia los autores de nuestros dias, entre los que se encuentran vinculados en santo enlace, y en- tre los que tienen una misma sangre en sus venas, afec- ciones justas, santas y racionales; este amor pone & to- dos los hombres en un mismo nivel, amando igualmente 4 los hombres, no porque sean purpurados, ni porque cifian diademas, ni porque arrastren el brocado, ni por- que tengan talento, ni porque veamos 4 sus piés los tro-— feos y laureles, sino porque son hombres, hombres que tienen con nosotros identidad de igualdad y semejanza, de filiacion divina y de destino futuro; el amor que la ley de Dios prescribe no distingue de ricos y pobres, de grandes y pequefios, de nobles y pecheros; léjos de ha- cer 4 otro lo que no se quiera para si, porque el amor fraternal lo préscribe , debiendo amar al préjimo como 4 — si mismo. >

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