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; - 476 testo con el divino Pablo: «En cuanto 4 mi, poco me im- porta ser juzgado de vosotros.» Me consta que ésta es la suerte de los evangelizadores; no ha de ser el discipulo de mejor condicion que el Maestro; no valgo yo la mi- llonésima parte que el Apdéstol de las gentes, cuya pre- dicacion en el Ateneo de Grecia fué recibida por unos con _ gsinceridad, por otros con sarcastica é irénica sonrisa. Pero hoy, amados mios, no cabe en mi el temor, ni en mis oyentes la critica; vengo a deciros cosas halagiie- las; hoy puedo exclamar con el divino Pablo: «Somos nosotros embajadores en nombre de Cristo.» Venimos & anunciaros paz y ventura, que es lo que deseais y buscais . en todas vuestras obras; pero sabed que en vano hemos entrado en la region de las riquezas siguiendo los pasos 4 la felicidad, pues ella huia delante de nosotros; inutil- mente la hemos demandado 4 las coronas, 4 los cetros, 4 las dignidades, pues todos nos han contestado que ja- mas la habian conocido; en balde nos hemos asomado al horizonte de los placeres, pues no hemos encontrado en su reino mas que tinieblas, disgustos, fugacidad , igno- minia. No hallando este genio beatificador en ninguno de estos tres objetos, hemos preguntado al cielo dénde estaba la verdadera felicidad para poder consolar & nues- _ tros hermanos; y jah mis amados! oimos luégo una res=_ puesta satisfactoria. Los suaves acentos de una lira hi- rieran nuestros oidos; y mas atentos qué el solilario — que inesperado oye los acordes de un laud, escuchamos lo que cantaba el arpa celestial. «Dichoso el hombre, de- cia la voz divina; bienaventurado el varon que no andu- vo en consejos de impios... sino que tiene su voluntad en la ley del Sefior, meditando en ella dia y noche.» Bea- lus vir qui non abiit, etc. Alentado mi espititu con tan deseado hallazgo, me he atrevidoa interpelar esta voz divina: «j Qué! he dicho: ?me trasladas ti 4 una region desconocida del mortal? , <
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