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gran idolo que adora la humanidad de algun tiempo a esta parte. Semejante conducta fuera chocante 4 la sana razon; pero una razon fementida, una filosofia engaiia- dora han salido 4 la palestra, canonizando de licitos to- dos los medios de adquirir oro; asi esas usuras inauditas que han encontrado guarida hasta en las mujerzuelas de la plebe; asi esa fuga del trabajo que se advierte aun en aquellos que, habiendo nacido en cuna de gafian, quie- ren pasar una vida de principes; asi esas violencias y rapifias; asi, por fin, esos alzamientos horrendos en que nada ha sido respetado, cayendo bajo el acero socialista el sacerdote y el letrado, el sabio y el ignorante, sin dis- tincion, con tal que con la muerte de ellos tuviera oro el asesino y el holgazan. Concluyamos, pues, que la dicha del hombre no pue- _ de consistir en el oro ni en nada de lo que el mundo es= tima como precioso y exquisito; porque no solamente hemos de decir, con San Bernardo, que eloro no es mas que un pedazo de tierra mas compacta que la que pisa- mos, sino que es preciso adelantar mds el discurso, y comprender que hay una imposibilidad fisica de aleanzar la posesion de las riquezas temporales en la- mayor parte — de los hombres , existiendo ademdés una imposibilidad moral de ser feliz, 4un en medio de la mas completa ad- - quisicion; imposibilidad que haria desdichados & cuantos existen. Desengaiiémonos alguna vez, seiiores, y pen- semos con cordura: los mundanos creen que la dicha consiste en nadar entre la abundancia de bienes tempo- rales , y esto es un error ; el hombre ha de buscar la di- cha dentis de si mismo, y jdesgraciado aquél que para ser feliz necesita andar mendigando en los objetos exte- riores , que por naturaleza son volubles y defectibles! Esta la dicha del hombre en el centro de su propio cora= zon, y alli sdlo es posible encontrarla; porque alli sdlo existe el reflejo de aquel sér que por su naturaleza bea-

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