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lo mas encumbrado del Sinai; aquella voz que resuena ~ en el corazon de todos y cada uno de los hombres: «No usurparas, le dice, el bien ajeno, ni aun lo deseards.» 4Es esta voz la de un tirano, 6 lo es de un padre? Es la _ voz de un legislador justo, 6 lo es de un déspota? Haga- mos esta pregunta, no sdélo 4 esos hombres que, nacidos en la opulencia, atin no tienen cuanto su corazon desea, cuanto 4 esos infelices 4 quienes todo falta; y en verdad, en verdad, si constituimos nuestra dicha en las riquezas, nadie ignora lo que nos responderdn, El mas rudo, des- pues de haber tomado lo ajeno, podra interpelar al juez, diciéndole: «Esa voz que me prohibe tomar lo que nc - tengo, se contradice4 si misma; pues habiéndome cria- do para ser feliz, no puede prohibirme los medios con que he de conseguir esta felicidad ;“yo me veo en la des— gracia por no:poseer oro ni riquezas , en que pende mi di- cha; justo es, pues, que yo las adquiera sin trabajo. Dios me ha criado para que sea feliz , y yo no veo sino mi des- dicha en estar regando la tierra con el sudor de mi fren- te, sin provecho, al paso que veo 4 otros que sin trabajo. ni fatiga gozan de la sustancia de este mundo.» Despues de esto, gqué ser4 preciso decir? ;Ah! Hor- ror causa el pensar en las consecuencias de semejantes doctrinas, que emanan naturalmente del error en que. -eaen los que cimentan la dicha del hombre en los teso- ros. Quedan canonizadas las violencias, santificados los robos, anulada la ley divina, acriminada la Providencia, autorizados todos los medios de adquisicion, la usura, el fraude, la rapifia, no siendo el acero y el punal un ins- trumento aleve, sino un medio de labrar su propia feli- cidad, conspirando aun con medios reprobados 4 llenar los designios que el Criador tuviera al criar al hombre jAh, sefiores! Preciso es descubrir desde esta eminen- cia sagrada donde me hallo todas las manchas que tiene el siglo actual por haber adoptado estas doctrinas. Esta-

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