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as los medios de conseguirla. Y, en efecto, sefores: 4 pue- _ de haber mayor tormento que desear con ardor y sin in- termision lo que jamas hemos de conseguir? gPuede ha- ber mayor desesperacion que no encontrar nunca lo que se busca sin cesar? ;Ah! Yo no sé qué mayor infierno puede tener una criatura que discurre y raciocina, que el saber que fué criada para ser feliz, y el ver que trabaja en vano por alcanzar una dicha que cuanto mas es per- guida huye quizis con mas velocidad. Y en este caso, la culpabilidad estaria por parte del Criador, siendo la cria- tura una victima de la arbitrariedad. Pero joh bondad divina! no habeis criado Vos al hombre para que sea fe- liz en las riquezas ; otras felicidades mas puras, mas s6- lidas y mas analogas al mismo hombre preparaste Vos desde el principio para esta tu criatura privilegiada. Era esta dicha el amarte 4 Ti como 4 bien sumo; mas él se _ volvié 4 la materia, y quiso encontrar en sus goces toda . su dicha. Nuestra es, pues, la culpa, y para condenar- nos no necesitamos apelar al tribunal de la Religion; la razon sola basta para convencernos de que la dicha de un sér tan noble como el nuestro, sér espiritual é inmortal, no puede consistir en cosas tan innobles como la materia, que es por-su naturaleza insensible, vil y perecedera, 6; incapaz de asociarse al espiritu para contribuir 4 su dicha. » Adelantemos un paso mas en el asunto. Si la dicha humana esta en las riquezas, no sdlo argumentaremos contra la injusticia de habernos Dios criado sin medios para ser felices, sino que nos veremos precisados 4 ful- minar un anatema contra las leyes divinas. Desde que - confesamos que Dios ha criado al hombre para que sea feliz, y que esta felicidad es la tendencia natural de la criatura, es preciso decir tambien que puede ésta em- plear licitamente cuantos medios estén en su mano para conseguirla. Entre tanto, amados mios, recorred los pre- ceptos del Decalogo; oid aquella voz que truena desde at
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