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gy + do; y juzgué que ésta era mi wimica felicidad. Mas ha~ biéndome detenido 4 considerar todas estas riquezas, ha-. Né que todo era vanidad y afliccion de éspiritu.» — Hé aqui un hombre que habla por propia experiencia. Si el que dijo estas sentencias fuera un asceta de la Te- baida, que reputa las riquezas por carga insoportable , 6 por espinas que punzan, no seria quizas digno de la aten- cion de los hombres sensuales. Pero el autor de este ra- zonamiento es un hombre que se entregara 4 todos los placeres sensuales; un hombre que vid 4 sus plantas 4 los Reyes y principes; un hombre que superara en saber 4 los egipcios y persas; un hombre, por fin, desengaiia- “do, que no encontré en las riquezas sino un escollo, pues pocos son los hombres que por su abuso no se pierdan. Cual sea la razon esencial que tuviera el sabio Salomon para decir que el hombre no tiene que esperar de las ri- quezas sino afliccion de espiritu, esta claro 4 quien es- tudie con atencion lo que es el hombre en su instinto y propensiones. La propia felicidad es el hito de todas las obras huma- nas; y sin hacer actos reflejos sobre este fin, caminamos a él en cuanto hacemos y pensamos. Pero tenemos la des- gracia de quererla buscar donde no existe; la buscamos en las riquezas, y éstas no sirven sino para atormentar- ~ nos, porque ellas no son capaces de saciar los deseos de~ nuestro corazon; cuanto mas se tiene, mayores son las necesidades que nos creamos; y 4 medida que nos rodea una fortuna brillante, se aumentan las vanidades de nues- tro espititu, no satisfaciéndose éste en nada de cuanto tiene presente. Y esto es una consecuencia necesaria de nuestro propio sér; por muchas que sean las riquezas que el hombre posee, por cuantiosos é innumerables que sean sus tesoros, 4qué son todos ellos al lado del espiri-- tu humano? El oro, los diamantes , las perlas, la plata y todas las preciosidades, podran dar satisfaccion completa f t pee: 2 Sects. ion

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