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ae ee . Raciocinemos, pues, seiiores : no es justo que fijemos nuestro amor en una tierra que devora 4 sus hijos. No seamos como los que tienen fija su vivienda junto 4 las deliciosas vertientes del Vesubio, que, enamorados de sus frondosos arbustos y de la fertilidad de sus tierras, vi- ven sin zozobra, no pensando que 4 corta distancia hay estanques de azufre, y de fuego, y de betun, que.han de salir en la primera conmocion y los envolveran entre fu- riosas lavas. No seamos como esos animales amigos del hombre que van delante del cazador levantando la timi-" da liebre para alcanzarla 4 fuerza de corridas y llevarla luégo al hombre, contentandose ellos con haberla olfa- teado, sin poder disfrutar de sus fatigas y sudores. Las diversiones y los placeres son fugaces como las corrien- tes de las aguas, y no es justo ni racional que corramos tras de un objeto que no podemos poseer; somos inmor- tales: no amemos, pues, lo temporal y transitorio; te- nemos una nobleza innata, una oriundez divina, una na- turaleza espiritual; no busquemos nuestra dicha en la infamia, en la materia, puesto que por mas que la bus- quemos, nadie podra suministrarnos los medios suficien- tes para encontrar satisfaccion y hartura. Cupiebat satu- rare, etc. : jOh! Si tuviera yo aquel espiritu de Daniel, aquella fuerza de palabra y de accion que lo caracterizaba, des- -menuzaria ahora mismo esas estatuas iddlatras que el mundo adora, las riquezas, los honores, los placeres, que son los tres grandes puntales que sostienen el edifi- cio mundano, y ante los cuales se postran los hom- bres para adorarlos. Despues de haberos demostrado que ninguno de estos objetos puede beatificarnos; despues de haber desmoronado el edificio de la avaricia, de la vani- dad y de la lujuria, os ensefiaria sus ruinas, y os diria con aquel Profeta: Hece quem colebatis. Mirad si merece vuestras adoraciones ese oro que habeis ganado con tan- a ail as aa iis
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