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Ja sociedad de nuestra época nefasta. gHay en esto un rastro de dicha y felicidad? ; Seamos francos: sin contar lo que el hombre debe de -apurarse para tener con que subvenir 4 tantos gastos como demanda la vida agitada de las diversiones de la -6poca, basta meditar un poco en la naturaleza de estos pasatiempos; son deleznables y transitorios, y esto sdlo es suficiente para que sean incapaces de hacer la felici- dad del hombre. Trabajamos quizas muchos afios para llegar 4 poseerlos, y cuando ellos empiezan 4 existir para nosotros, nosotros no existimos para ellos, los de- jamos, y nos vamos 4 la vida eterna; 6 bien quedamos para mucho tiempo en el mundo, y despues de habernos visto rodeados de todas las comodidades y nadado en placeres, nos abandonan, dejandonos como el desgracia- do que es despojado instantaneamente por los foragidos, de los sudores y fatigas de muchos aiios. : Entrad por un momento en esos grandes depésitos de la mortalidad; leed las inscripciones que cubren las ce- nizas humanas, y vereis que no hay dicha alguna en las diversiones y placeres. ; Ah, sefiores! En aquel recinto donde reinan la igualdad, el silencio y el terror, hay tan tas citedras de ensefianza cuantos son sus moradores: — Apenas pisamos el umbral del reino de la muerte, empe- - -zamos 4 leer, descrita sobre marmoles, la historia de los desengafios de la vida. Entrad, pues, conmigo yleamos... Aqui yace... gquién, amados mios? un jéven de veinte aiios... ;Qué desgracia! Cuando su desconsolada madre manifesté los primeros sintomas de maternidad, el jubilo y la alegria se apoderaron de los 4nimos de una parente- la numerosa; antes que saliese 4 luz, le esperaban cunas de oro en que mecerse, ricos holanes en que fuera en- vuelto, nombres sonoros y antiguos, titulos y honores de cien abuelos; crecié con gracia y hermosura, fuéla delicia de unos padres venturosos, el encanto de su pa-

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