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mis sentidos ; gustos , placeres, diversiones son los ami- gos de mi corazon; ellos han de alejar de mi la ‘tristeza y el pesar; ellos me haran dichoso en este valle de l4- grimas ydestierro.» Asi hablaba yo dentro de mi mismo, cuando tomé en mis manos el libro de la buena nueva, aquél que nos trajo al mundo la era de oro que dura desde hace diez y nueve siglos; lo abri, lei una leccion del Salvador, y hallé una verdad del mas alto interés para el hombre: verdad que nos demuestra hasta la evi- dencia que no hay felicidad en los placeres. Esta instruccion dice asi : «Un hombre tuvo dos hi- jos, y dijo el menor de ellos 4 su padre : «Padre, dame »la parte de la hacienda que me toca.» Y él les repartié su patrimonio. Y no muchos dias despues, juntando todo lo suyo el hijo menor, se fué 4 un pais distante, y alli malroté todo su. haber, viviendo disolutamente. Y cuando todo lo hubo gastado, vino una gran hambre en aquella lejana tierra, y él comenzé a padecer necesidad. Y fué y se arrimé 4 uno de los ciudadanos del pais, el cual lo mand6 ‘a su cortijo 4 guardar animales inmundos. Y deseaba aquel jéven desdichado, para saciar su ham- bre, deseaba henchir su vientre con el alimento vil y despreciable que aquellos animales comian, y nadie se lo daba.» Cupiebat implere ventrem suum de siliquis, quas porci manducabant , et nemo illi dabat. Esta es la pri- mera parte de la parabola del hijo prédigo. . Hay en estas pocas palabras del Redentor tan abun- dante doctrina, que da lugar 4 dilatados discursos.su moralizacion y comento; pero examinemos el primer as= pecto que nos. presenta aquel jéven inexperto. Es precisa- mente el personajé que se me representaba, al hablar conmigo mismo sobre la dicha del hombre ; nada le in- quieta el porvenir, ni tiene el menor desasosiego sobre su suerte futura ; las riquezas no son para él sino un me- cando mi dicha en cuantos objetos halagan mi vista y

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