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sen con la obligacion que les impone el honor de su lon- gevidad, para que los jévenes no seestimulasen & lo malo _con el mal ejemplo de los mayores! ;Pluguiese 4 Dios que viesen los discipulos el buen ejemplo en sus maestros, que oyesen de sus labios una moral evangélica, confir- _ mada con ‘las obras, no esa moral drida del dia, que se contenta con ensefiar teorias! Enténces no tuviéramos que lamentar la triste suerte de la juventud de nuestra ee nefasta. No busquemos nuestra dicha en los honores sociales,. en las dignidades, ni en las preeminencias. Si nos fuese permitido desearlas, debiera ser por sacrificarnos, como escribia el divino Pablo 4 su discipulo Timoteo; por lo demas, amados mios, yo os diré, con el mismo Pablo, que todes sois grandes, nobles y honrados, pues sois conciu— dadanos de los Santos y Aulicos de Dios: mds os diré, con el mismo; sois coherederos de Cristo, compafieros de su predestinacion y gloria, y por consiguiente todos sois principes, todos sois reyes, todos sois sacerdotes de Dios, pues asilo oyé cantar el desterrado de Pathmos 4 los ea moradores del cielo. Quien tiene prometido y asegurado en Cristo este honor y esta grandeza, por qué ha de sus— pirar por esas grandezas terrenas que, aunque sean de oro, plata y de todas las preciosidades, tienen, como la estatua de Nabuco, los piés de tierra, y caen al golpe de ' una piedrecita? Obremos, pues, con cordura, buscando el honor y la grandeza donde se encuentra: en ser hijos de ‘Dios, Sefior, haced que cada uno de nosotros se contente con la suerte que vos le destinais en este mundo; no per- mitais que ambicionemos las grandezas terrenas, cuando tenemos el indecible honor de ser hijos tuyos y herederos de tu gloria, que deseo 4 todos, etc. Amen. |
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