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ies Fie Rees te coe Pa is * 2 robos , bombardeos , carnicerias y escenas cuales no vieran sino los canibales 6 los cafres de las montafias afri- canas? j La dicha en las grandezas! ,No fué en ellas don- de hallaron una muerte prematura y tragica los Absalo-. nes , los Baltasares, los Ciros, los Heliodoros y otros infi- nitos? No se diga que es una dicha dejar consignado su nombre 4 la posteridad; porque gqué mayor ignominia que darse 4 conocer 4 todas las generaciones con el nom- bre de un Neron, de un Domiciano, de un Atila, de un Mahoma y de otros que abusaron del poder y se valieron _ de su puesto sélo para infringir todas las leyes divinas y humanas? ,Qué mayor desdicha que subir 4 lo mas cul- minoso de las grandezas humanas para caer de ellas con oprobio, 6 morir con infamia, como sucediera 4 los Sisaras, ydlos Amanes, y 4 los Judas?4 Qué mayor des- gracia que el poner nuestro corazon en los honores mun- danos, cuando 4un‘los hombres de mas distincion en la sociedad caéen en el mas profundo olvido desde que han bajado al sepulcro? ; Ah! gQuién sabe hoy dia ni dun el nombre de los Emperadores y principes del Asia wy de Roma, los de los fildsofos de la Grecia, los de los con- quistadores y tiranos? Cuatro literatos é historiadores, _ que los toman en su boca para juzgar sus acciones y con- _ denarlos con el justo anatema que muchos de ellos se granjearon. No consiste, pues, la felicidad del hombre en los ho- nores; la dicha esta en llenar los deberes que los hono- res nos imponen, porque entdénces son éstos mas lleya- deros y merecemos el alto honor de ser hijos de Dios y herederos de su gloria. Entendedme bien, sefiores. Decir que no debe haber entre los hombres honores, distinciones y preeminencias, es un absurdo, una impiedad, una blas- femia natural, social, y dun religiosa, pues pugna contra el érden y aun contra la Providencia divina. Siempre ha- bra honores naturales y sociales, consagrados ambos por
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