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con la humildad, y no emplearon ni un solo momento en beneficio de si mismos, sino de sus stibditos; sin em- bargo, yo os diria que los unos pedian a Dios alas de pa- _loma para volar, y otros suspiraban por la quietud de los cenobitas, temiendo siempre los escollos que presen- tan las dignidades terrenas. Pero gquereis oir otros nom- bres? 4 Quereis saber si algun hombre ambicioso ha en- contrado su dicha en las grandezas mundanas? Pregun- tadselo al gran rey de la Grecia , cuyo imperio apenas ha tenido semejante, y os réspatidend ‘de este modo: « A los veintiun alos era yo rey de Macedonia; en el primero de mi reinado sujeté y domé la Iliria, la Tracia y la Grecia; en el segundo venci a ‘los generales de Dario; en el cuarto sujeté! 4 la Fenicia, Tiro, Egipto y Palestina; en el sexto venci al mismo Dario y gané su imperio, y me obedecié toda el Asia, y en mis seis aiios restantes suje- té y venci otras naciones, penetrando hasta el Ganges y el mar del Indostan. Ya no habia tierra que conquistar; todos me temian; no habia. hombre en el mundo que fuese mas isthe que yo, y con todo esto, mi corazon no tenia reposo ni dicha; llamé 4 los sdbios, les pregunté si habia otros mundos que conquistar, y habiéndome di- a cho que si existian, pero eran imaginarios, cai en una ‘cama, y el dolor de no poder ser soberano de esos mun- dos ideales me condujo al sepulcro en la flor de mi edad. » 4Quién no se instruye con estas lecciones que la historia nos ha dejado consignadas? Si esos grandes hombres del poder no se satisficieron con empufiar el cetro de todo el mundo, gcémo podran hallarse cumplidas las miras de todos y cada uno de los hombres? jLa dichazen las-grandezas y en los honores!.; Qué _jocura! ¢Nies acaso, desde que una filosofia delirante y subversora ha inspirado 4 la muchedumbre las maximas é ideas de una soberanifa ficticia, cuando el mundo se ha vestido de luto, lorando sin cesar muertes, incendios,

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