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po * cipes; viéraislos en ese dia Do taas del régio manto > dejar el cetro para cefiirse una simple toalla; viéraislos. postrarse 4 los piés del pobre andrajoso, lavirselos y se- llarselos con sus labios; viéraislos en seguida poner estos. mismos pobres 4 su régia mesa, servirles 61 mismo sw comida, y regalarlos con su propia mano. Por eso tambien los sucesores de Pedro reducen todos los titulos de su culminosisima dignidad 4 uno solo, que es el llamarse: «siervo de los siervos de Dios.» f Este orgullo que naturalmente inspira la dignidad,. es el principio del egoismo, de ese egoismo que hace con- vertir en pré de si mismo cuanto debiera emplearse en | el bien comun; porque, sefiores, el bien naturalmente es difusivo, como enseiia la filosofia, y en consecuencia, Dios, al compartir su imperio con los hombres, no pudo tener otro fin que el de mantener el bien itedieal en la sociedad humana; mas asi como la tendencia del bien es el generalizarse y extenderse 4 todos, asi la tendencia personal del ambicioso es ensimismarse y reconceéntrar en su individuo todas las glorias y bienes. Al hablar de esto, no he tenido presente ni 4 Asuero, ni 4 Nabuco, ni 4 Ciro, ni 4 ninguno de esos héroes antiguos 6 moder- nos, para quienes nada era un ejército de un millon de hombres sacrificados en un dia por conquistar una pro— vincia y extender su dominio en un palmo de terreno. El deseo de mandar y de valer no causa solamente estra- gos en los grandes, sino en los medianos y pequeiios, porque esta pasion es un huracan, y bien sabeis que el huracan tanto sopla en el alto monte como en la humilde llanura, habiendo sdlo la diferencia de acometer con mds furia al robusto cedro que 4 la frégil cafia. Yo creo que pocos hombres son los exceptuados; y cuando esta pa— sion se apodera del espiritu, j cuanta es nuestra desgra- cia! ; Cuanta la de la sociedad! Entdénces no hay ley ni derecho que no sean conculcados, ni inocencia que sea

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