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_ 4No es éste el mediode medrar y crecer en el mundo? El que vive retirado en su hogar, el que no frecuenta los pa- lacios de los grandes; el que no pide honores y destinos; el que no presenta simultaneamente sus deseos con sus dddivas; el que no tiene quien abogue por él, jno es ver- dad que sera tan desdichado como el mas idiota, aunque - tenga la sabiduria de Salomon, el valor de un Mapaben y la santidad de un David? Si, si; pocos son los que, como Saul, se esconden cuando los llaman al puesto de honor y de grandeza ; pocos los que, sin haberlo pensado, son trasladados, como David, del .cayado al cetro. Y no se diga que hoy estemos mas corrompidos que en otras épo- cas; el mundo siempre ha sido el mismo: si registramos la histories profana, no encontraremos mas que ¢ ambicio- sos conquistadores que desde Nemrod hasta Julio César forman una inmensa diptica de, hombres que stbieron 4 la gloria y al honor mundano 4 fuerza de intrigas, de violencias y de sangre. Si hojeamos las paginas eclesias- ticas , oiremos los lamentos de los Padres, al ver que las mismas dignidades espirituales habian entrado en la ve- | nalidad mundana. ; Y pluguiese al cielo que la sociedad del siglo actual no adoleciese sino de los males de aque- llas épocas remotas! Pero, por desgracia, cuanto mds viejo es el mundo comete mayores errores, y se aprovecha ménos de la experiencia de los tiempos pasados. A esta primera circunstancia de no ambicionar los empleos ya unida la segunda, prescrita por Jesucristo, la humildad, el reputarse siempre inferior 4 todos aquel que tiene que presidir y mandar. ;Ah, sefiores! ;Qué dificilmente se cumple esta condicion que sefiala el Sal- vador 4 los que tienen dignidades! Cuando hemos subido 4 una gran eminencia, ,no guardan 4 nuestra vista toda su integridad los séres que se nos objetan; ‘los que se ha- llan cerca de nosotros son verdaderamente grandes, los que estan algo apartados son diminutos, y los que quedan i ;

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