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- 429 Jesucristo, al instruir asi 4 sus discipulos, nos ense- na muchas cosas: lo primero, nos dice que el dignatario _ no ha de pretender el puesto honorifico, como hacian los orgullosos 6 hipdcritas fariseos , que buscaban los prime- ros asientos y ambicionaban las dignidades; segundo, que ha de ser tan humilde & sus propios ojos, que se repute por siervo de aquellos 4 quienes preside; tercero, que ha de considerar que Dios lo ha elevado al puesto que ocupa, no para su propio provecho, sino para el bien comun. Examinad brevemente estas tres solas circuns- tancias que acompafian las dignidades de la tierra, y jqué horror! jCuantos escollos! jCuantas amarguras! Semejan- tes 4 los altos montes, que mirados 4 lo léjos no presen- tan sino un cuerpo compacto, unas vértices cubiertas de verdor, las dignidades y honores mundanos extasian el alma que las mira de léjos y desea tocarlas con la mano; pero apenas ha empezado uno a subir 4 su cumbre, no ve en torno de si mds que horrendas simas y precipicios es- pantosos. — Muchos son los que han subido 4 la cumbre de los honores y grandezas; mas jcudn pocos son los que no las han pretendido! Para lograr un puesto culminoso, jcudntas bajezas no es preciso cometer! ;Ah! Para ele= varse en el mundo es indispensable arrastrarse por la tierra, como la serpiente, que apenas puede levantar la cabeza si no arrastra el cuerpo; muchos son los que han conseguido levantarse un fantasma de honor; pero antes han sido el vil pedestal sobre que ha pesado la humilla- cion. Si; van los hombres tras de los empleos honori- ficos, los buscan y los desean, y para obtenerlos no omi- ten medio alguno; se interponen mediaciones poderosas, se derrama con abundancia el oro, se multiplican las vi- sitas, se suceden las humillaciones, hasta el extremo de inclinar esta noble frente que encierra ideas divinas ante lo mas abominable, con tal que pueda lograrse un empeiio. ’ TOMO I. be 9

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