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comun; son estos honores y prerogativas la consecuen- cia inmediata de haber querido Dios que existiese el hombre en la tierra con esa dependencia necesaria ‘que liga 4 las familias, 4 las ciudades, 4 las provincias y & los reinos ; ha de haber siempre en el mundo hombres cubiertos ds brillo y que arrastren la toga, la purpura , que cubran su cabeza con tiaras, con mitras, con bor- las, con coronas, con diademas, con laureles; los habra ante quienes se postre el vulgo ignorante, 4 quienes adule el cortesano, lisonjee el grande; habra; en una pa- labra , honores, dignidades, distinciones, grandezas y preeminencias miéntras haya hombres; pero entre tanto, gestd acaso la dicha del hombre en poseer estos hono- res? Hé aqui lo que Dios no ha intentado jamas, y si los hombres; otros honores y grandezas mayores tiene Dios preparados para el hombre , que conseguird despues de haberse roto el espeso velo de la mortalidad; mas la carne, el sentido arrastran 4 este hombre infeliz hacia lo que ve y palpa presentemente, queriendo encontrar su dicha donde no hay mds que carga y desasosiego, trabajo y sudor. Si; las dignidades y honores del mundo son en toda su latitud un yugo duro para quien tiene que soportarlo, y una cadena pesada que arrastra el que se liga con ellos; en hora buena que sea la cadena deoro y de brillantes; pero entre tanto, es cadena que aflige y ata al que la lle- va sobre sf. Hablando 4 un pueblotan ilustrado como ca- télico,'4 un pueblo 4 quien cupo siempre la suerte deser regido segun las leyes del Evangelio, no es necesario poner ante sus ojos’el triste cuadro que presentan aque- llos hombres ambiciosos que para satisfacer sus miras no respetaron ley alguna , y llegaron 4 contar por muchos miles las victimas que sacrificdran 4 su furor ambicioso. Hombres de este temple no pudieran encontrar la dicha aun cuando reuniesen en sus sienes todas las coronas de

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