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- 124 nidad que ha habido entre los hombres: fs guiar @ tu siervo en la escabrosa senda por donde va 4 entrar. Quiero inspirar en mis oyentes alto desprecio por los ho-' nores del mundo, y gran estima por las glorias del cielo. Dignate volver hacia nosotros tus ojos de amor y de ter- nura, pues te saludamos como 4 Reina y Madre, diciendo con Gabriel: Ave Maria. Cuando el Eterno, con su infinito saber, echaba los cimientos de la sociedad humana, no podia tender en manera alguna 4 sembrar el desérden entre unos séres que eran nada ménos que el fiel trasunto de su natura- leza divina. Empezé aquélla 4 componerse de un hombre y una mujer, mas de tal modo, que existia entre ellos una desigualdad relativa; desigualdad que debia ser el principio de érden en la sociedad, pues la mujer era in- ferior al hombre, ora por haber aquél dado la materia de que fué formada , ora por haber sancionado Dios que fuese cabeza de ella, como dice el divino Pablo, desde que mand6 que se uniesen con los santos lazos conyugales. Hé aqui las primeras relaciones sociales que existieran en la tierra; mas un hombre solo y una mujer no podian perpetuar en si mismos esta sociedad , cuando habian re- cibido del cielo la bendicion y el mandato de crecer y multiplicarse, ejerciendo un dominio absoluto y de la mas alta soberania sobre cuanto era inferior a ellos’ por ee ae sobre los animales, las plantas, los tesoros y to hay en la tierra. En consecuencia, los hijos que sal lesen de aquellos dos primeros morddlenbn del mundo material, debian venir al mundo trayendo el sello de la mas completa desigualdad, pero desigualdad que debia
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