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* —185— es suyc, sino del que lo envid, (1) y que ha bajado del cielo né para hacer su voluntad, sino la del Padre (2) Ha recibido de éste el mandato de mo- riren una cruz, y@ pesar de que la naturaleza humana rehuye los tormentos, né se hizo placer « st mismo, sufriéndolo todo por complacer al Pa- dre. (3) jOh! ;Cudn recto es el Corazon de Jesus en presencia de su Padre, y cémo se puede ver es- ta rectitud en cuantos pasos da desde el trono de su gloria de donde baja por hacerse hombre, has- ta el trono de su ignominia 4 donde sube por sal- var al hombre! Entre tanto, j6 Dios mio! jSon nuestros corazones tan rectos como el de nuestro Redentor? ,Hémos depuesto los vicios, desnudan- donos del hombre viejo y vistiéndonos del nuevo, que se renueva segun la imagen de aquel que lo cerié? (4) 4En las mismas obras buenas que hace- mos, no nos buscamos 4 nosétros mismos, dejan- do insinuarse un deseo de merecer la estimacion humana? jAh! No nos engaiemos miserablemente: si hemos llevado en nuestras obras de orgullo y concupiscencia descrita la semejanza del hombre terreno, es preciso que la desterremos de nues- tro corazon, y llevemos la del hombre celestial, (1) Joann. cap. 7. v. 16. (2) Joann. cap, 6. v. 88. (3) Rom. cap. 15. y. (5) Colos. cap. 3. v. 10, a

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