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—167— tiene Jesus con la humildad y mansedumbre, no es tanto para él mismo, como para nosotros: y, soldados como somos en este mundo, precisados ii combatir sin cesar contra los enemigos de nues- tra alma, si hemos de ser fuertes, dcbinihie bus- car las armas en Jesus, que nos dice que no te- mamos a los que matan el cuerpo y nada pueden hacer al alma: que temamos a Dios, y lo amemos como 4 nuestro Padre, que tiene contados hasta los cabellos de nuestra cabeza; (1) y que ande- mos entre los mundanos como ovejas entre lobos, sin temor al mundo, por haberlo él’ vencido con su brazo poderoso. Y cuiin cierto es que cuando nuestras armas de defensa son la mansedumbre y el candor de la humildad, vencemos aunque nos’ rodeen miles de adversarios, mientras que cae- mos vencidos y postrados, al querer pelear con las armas del orgullo. El impio repite sin cesar, “mi fuerza y la robustez de mi brazo me han gran- geado cuanto tengo:” (2) mas el justo no sabe de- cir, sino que su fortaleza y su alabanza es el Senor. (3) Confrontemos nuestras acciones con estas dos sentencias, y vivamos con temor y temblor, pues la primera fué el tema de Lucifer, y la segunda es la que nos dard victoria y nos llevar al cielo. (1) Math. cap. 10. v. 28. 30. (2) Dent. cap. 8. y. 17. (3) Psalm. 117. v. 1

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