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—~ iF. 6 ménos ambiguos: y mucho mas cla pudo leer en Plutarco las opiniones de Nicetas de Siracusa, de Cleanto de Samos y de otros fildsofos , quienes afirmaban que la tierra se movia y que habia habitantes en la luna‘. Empefiabase Galileo en atribuir al Espiritu Santo locuciones incierlas que explicaban las cosas, no como ellas son en si, sino como el vulgo las entiende: tenia ademas el arrojo de querer interpretar segun su propio capricho cuantos textos hay en las sagradas letras, que hablan del movimiento del sol y de la in- movilidad de la tierra, y la Iglesia no. podia tolerar esa petu- lancia, que tanta afinidad tiene con el error protestante del libre examen. Asi es que en la congregacion de cardenales, te: nida bajo Paulo Y. en 1616, el 5 de Marzo, fué condenado el sistema de Galileo, no precisamente por ser sistema nuevo, sino por pretenderlo apoyar en los comentos de su razon respectoi Jos textos sagrados , que corrompia en una parte y destruia en otra. Esto es lo que aparece del. proceso de este astrénomo ; esto lo que verdaderamente ocurrid respecto a su persona y & sus escrilos. Volvemos, pues, 4 decir, y lo decimos con complacencia, que la Iglesia ha usado de la lenidad y suavidad con los hereges y cismalicos, a quienes ha llamado y convidado a que dieran razon de sus errores, prometiéndoles con _pala- bras llenas de dulzura que los perdonaria y admitiria con ca- rifo en su seno, si se reconocian culpables con toda since- ridad y abjuraban sus errores, Tenemos una prueba irrefra- gable de-esta verdad, en las diferentes veces que el santo Concilio de Trento publicd salvoconducto para los hereges, prometiéndoles paz, benignidad y caridad, si acudian libre y espontaneamente a dar razon de su doctrina. No acudie- ron, y quizas no fallara eee diga, que era porque temian ' Plutarch. lib. Ul. de placit. philosophor. cap. XIIL. ef XY.

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