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408 CARTAS DEL Beato DirGO0 vivos deseos du llenar los fines de Dios y desem- peñar perfectamente todos mis deberes; ojalá que así sea y que no abuse yo de la gracia y ministerio á que soy enviado. Mucho se me recuerda en este tiempo aquella representación imaginaria que tuve en la misión de Juen, cuando se me figuró en la idea á nuestro Señor Jesucristo con la cruz á cuestas y que yendo á caer se sostuvo poniéndome la mano en la cabeza, porque yo estaba arrodillado. No sé, si ya lo he dicho esto otra vez. Sea de su inteligencia lo que fuere, puedo asegurar que deseo con vivas an- sias, me parece, que los males presentes no pasen ade- lante y que la fé y la religión no acaben de caeren Es- paña. Pero viéndome el que soy, y cuán distante es- toy de ser el instrumento de un bien tan grande, me humillo y me duelo de haber sido y de ser el que soy. Tal es y tanta mi miseria, que de nada me enmiendo. Tibio, distraido y negligente en la oración; olvidado de la presencia de Dios, y siempre tan disipado, que me horrorizo y me fastidio de mí mismo. Justo cas- tigo de mi pasada ingratitud y de mi envejecida des- lealtad. Si hay algo menos malo, es Dios quien vi- siblemente lo hace. Una intención sana y recta en todo para la mayor gloria de Dios y para llenar su santísima voluntad; una grande indiferencia en los acaecimientos del tiempo y del ministerio, y un po- co de cuidado en no perder de vista la causa nativa y final de esta misión. Como nada hago interior, y és- ta ansía por algo, sigo con la bagatela de la tercera dis- ciplina diaria, aplicada especialmente á este fin, pues ni me molesta, ni me resulta daño alguno, ni aún levísimo. Soy un bestia. Ya nosé de quien valerme para que me alcance de Dios una vida interior y verdaderamente santa; y me paroce que sin ella no puedo llenar los fines de Dios y mis obligaciones. Cuánto le agradezco á mi bendita hermana lo que
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