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O 400 CARTAS DEL Beato DreGo nase concederme que con aquella misma voluntad yo me ofreciese, como con efecto me ofrecía á obedecer la suya en toda su santísima y misericor- diosísima. Se dilató mi interior inmensamente en los espa- cios de su infinita bondad y con una intención rec- tísima, dada por el mismo Señor, me determiné, no digo bien, me hallé determinado á emprender este viaje sin pensar en peligros é incomodidades. Sólo en el deseo de llenar la voluntad y los fines del que se digna evviarme. Estos efectos aun permanecen, de modo que no sólo en la misa, mas también en las tareas exteriores, es casi continuo el ofrecerme á su Majestad y el darle gracias, porque siendo yo el que sabe de ingrato, desleal y desatento á sus bene- ficios, me hace ahora éste incomparable é incom- prensible. ¿Quiere V., P. mío, una prueba (que ahora re- flexiono) de que Dios me habla por su medio en lo que me manda? Si no padezco equivocación, siem- pre que se me ha dispuesto algo en orden al rum- bo ó estilo de mi predicación para que lo haya de observar en las misiones, ha sucedido que en la in- mediata, que la antecede, al recibo de esta orden, se me dá aquello mismo de rigor ó de suavidad, que se me manda. Esto propio ha sucedido en los diez días de ejercicios públicos, que por vía de ro- gativas, he dado al pueblo aquí. La predicación de las nueve tardes y de la mañana del último ha sido extraordinariamente fuerte, ardiente, penetrante, convincente, instructiva, toda doctrina acomodada ála necesidad del pueblo y del día, y de asuntos que nunca he predicado, ó muy rara vez, algunos de ellos. Ha sido casi sin preparación y con la an- gustia que estv ocasiona, y es en mí tan continua como V. sabe.
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