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Año 1790 291 ca diez ó doce días. Yo me vuelvo á Casares á espe- rar las resultas de la venida de sus Majestades. El pasar á verlos, no sólo me es indiferente, sino de disgusto, porque deseo con eficacia que me olvi- den; pero si me precisa ir y acaso el predicar algún sermón á sus Majestades, es todo mi cuidado, ¿qué he de decirle? Callar en ocasión tan oportuna me parece ajeno de mi ministerio; hablarles claro, temo si será inoportuno é imprudencia, y en caso de ha- blar claro, ¿qué será de tantas cosas le diga? Este es el punto grande sobre que sola su reputación de V me ha de servir de regla. En orden á la vida del Venerable H.” Juan de Dios, quedo enterado en lo que V. me previene que ha de salir á mi nombre: ya he escrito dos cartas al Sr. Conde, su hermano, pidiéndole varias noticias, que me parece hacen mucha falta y espero su res- puesta. Quisiera que si mi hermana ú otra persona de las que V. dirige ha sabido de Dios algo de este siervo suyo autes ó: después de su muerte, me en- viase V. esas noticias; ó si encomendando á su Ma- jestad mi bendita hermana (1) este negocio, entiende algo digno de atención; hablo con V., que es mi P., y por eso hablo así. No me acuerdo si dije á V. en mi última que había predicado dos sermones en Casares con licen cia del P. Provincial: uno de rogativas para el agua y Otro á los ocho días en acción de gracias; los que pude predicar sin mucho trabajo, no obstante que fueron sobradamente largos; pues cada uno pasó de dos horas. Con todo me parece que en lo natural, se me va encimando el púlpito con el no uso, y así lo dije al P. Provincial. (1) Esta hermana, en quien tanta fe tiene el Bto., es Sor María Gertrudis Martínez, de quien hicimos larga mención en la biografía del P. Alcover.

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