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232 CARTAS DEL BEATO DIEGO Mi P. General me ha respondido en carta parti- cular que recibí la semana pasada, casi lo mismo que verá V. en la adjunta; mas mi P. Provincial me ha concedido siga en lo exterior como hasta aquí, y ha enviado orden á todos los conventos no se me obligue á mudar de asiento niá usar de las demás cortas exenciones que por los nuevos títulos corres- ponden. Dios se lo pague. Remito á V. estos papeles para que vea el esta- do en que se halla la santa Madre Iglesia ó en el que la tienen sus malos hijos; verá V. el Sínodo del Sr. )bispo de Pistoya, que tanto vocean los mercu- rios á su favor; y verá el estado del emperador que es muy diverso del que á V. habían asegurado. Su divina Majestad se digne consolar á su divina Es- osa. Me es muy amargo no ser el que debo para orar y ocurrir de algún modo á esta gravísima nece- sidad, consiguiente al fin de mi vocación y de las repetidas insinuaciones de su Majestad sobre este punto como á V. tengo anteriormente comunicado, y deseo eficazmente mi reforma para no ser desecha- do ó excluído de esta gracia. Aseguro á V. queen llegando estos casos calman mis pasiones, y parece pierden su actividad de sólo oir las aflicciones del sumo Pontífice y congojas de la santa romana Igle- sia. ¡Oh si fuese yo tan felíz que lograse me hiciese Dios el beneficio de concederme dar la vida por esta santísima Madre! (1) Estos deseos se han aviva- 1) Este párrafo retrata maravillosamente el interior de aquel gran apóstol del siglo XVIUT. Aunque cuidaba como él s lo, de ocultar el santo para que siempre apareciese el hombre, ahora impulsado por el celo de la gloria de Dios que consumía su bendita alma, habla con el fuego de los pro- fetas apareciendo con todo los resplandores de sol explen- dente. Quiso dar su sangre y su vida por la santa Romana Iglesia de quien era hijo amantísimo, y esta Madre tierna le concede los honores de los altares en justa recompensa,
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