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— E sus ministros. No lo eres tú, Pr. Diego mío? No lo eres? Hablemos de corazón. Qué eres? Qué sabes? Qué pue- des? Y tú admirando á los sabios? Tú hablando en la presencia de los grandes, de los E rríncipes, de multitud inmensa, con abundancia, oportunidad, unción. espiri- tu, dulzura, eficacia, sín estudio, sín prevención, sin reflexión y con magisterio irresistible? Tu venerado, adorado, llamado, atendido y tratado como ninguno de los vasallos de los Principes? Qué Dios para tíl Y eres tú el que debes ser para tal Dios? Lo eres en parte, por- que le vuelves la honra y gloria que hace resaltar en tí, y lo serás para mayor gloria suya, cuando tengas que padecer por su amor. Interin que vuelves á tomar pose- sión de tu amada y deseada alma de la Sra. Princesa, pídeselo al” Señor, que yo también se lo pido, y pediré previendo que no serás defraudado de tu deseo, cuando convenga, y sea más necesario y oportuno. Confía, ora, y deja al Señor obrar, no le des prisa, que mejor que nosotros sabe lo que se hace, cómo y cuándo. De tu cut- dado solo es dejarte conducir suavemente de su sapien- tisima y ordenadísima Providencia, pues tantas expe- rencias tienes de ella en cuanto te ha sucedido, desde que se dignó elegirte Enviado suyo. Lo puedes dudar? Vé aquí una demostración de es- ta verdad. Cuando te llamó á Toledo, de aquí á Oca- ña y al Real Sitioyanspiró á tu superior el pensamiento de llevarte por la Provincia,y sin conocerle, el de comu- nicárselo á D. Juan Ponce, familiar favorito que fué del Excmo. Sr. Solis, para que me lo dijesey le respon- diese por él mismo, para que ninguno lo suprese. Apro- dé el pensamiento, como el más eficaz, como lo ha sido, para arrancarte de la Corte, y traerte á la Provincia, para que habiéudote ordo, tratado y dádote á conocer y desear de la grandeza, Ministros, Consejeros y Prin- cipes, y viendo que no te engrién sus honras, estimacio- AO 23 3 AS
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