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— 567 — decer. Á esta Señora me siento interiormente tira- do con una de aquellas fuertes inclinaciones que me hace pedir. con lágrimas el bien de su alma, que aunque no es perdida, se apetece sea mejor el ejem- plo que dé á todos. Vivo confiadísimo de su logro, porque esta es una de tres almas que en particular pedí al Señor me concediese en esta Misión, y las otras dos ya me las ha concedido. Una de ella es una señora muy alta, que ha hecho conmigo su confesión general, y queda por la bondad de Dios muy distinta. Otra es el Embajador de la Rusia, Griego cismático, el que ya (bendito Dios) es mío. Este vino á buscarme anteanoche y se me entregó perfectamente atraído del amor, que con mil ex- tremos de abrazos y ósculos de paz me significaba: me descubrió todo su corazón, y quedó reducido á ir disponiendo ocultamente sus asuntos para re- unirse á la Santa Iglesia Romana, separarse de su empleo y establecerse por acá lo más pronto que pueda: (es necesario sigilar esta noticia:) este fa- vor de Dios, me tiene fuera de mí, de modo que apenas acierto á darle las debidas gracias. Con esto fundo esperanza de que me concederá la terce- ra que más eficazmente le he pedido, que es á mi señora la Princesa: la que en su segundo papel ya usa de la expresión para principiarlo de Padre mío Fr. Diego, etc. Dios sea eternamente glorificado. Estos alborotos santos han llegado á Madrid, y han arrastrado á varias familias de la Grandeza, á diversos religiosos, á muchos eclesiásticos y otras personas particulares á venirse á la Misión; y han llegado á pedir al Rey Nuestro Señor* me envíe allá para las Cuevas de San Ginés y Su Ma- jestad respondió: 4 2as Cuevas no: quiero que vaya á predicar en la plaza para todos. Vino esta orden, y
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