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te e con mil dudas si seria Ó no pecado aquella dema- siada familiaridad; no obstante de significarle varias veces mi recto fin en ello, ó el por qué la trataba de aquel modo, y entender por la cuenta que de su interior me daba que no resultaba tentación ni daño alguno; quería sujetarme y mi corazón sobra- damente tierno para estos casos me arrastraba á se- guir en lo mismo con igual fuerza. En medio de esta duda é interíor fatiga desperté una siesta y entonces ó después en la oración, se propuso á la imaginación una culebra pequeña, óÓ corta de cuerpo en su tamaño , muy llena 'Ó gruesa, algo enroscada, sacada la lengua al modo de una flecha y como dispuesta á morder, lo que si hiciera sería herida sin remedio mortal. Parecióme significaba que mi trato referido era peligroso, y que fácil- mente podía caerse en culpa. Yo seguí en mi sim- pleza, aunque me parece que sin otro fin que el expresado, y el gusto de tratar de este modo á aquella pobre criatura. No han faltado algunos defectos en la falta de mortificación de mi genio, que se han reducido 4 alguna displicencia ó desagrado con las gentes, cuando sus cosas no me agradaban. En la Oración he tenido bastantes omisiones, aunque no la he dejado. El 25 de Febrero salimos de Ubeda, y en el mismo llegamos á la Carolina, capital de las nue- vas poblaciones. Aquí me detuve dos días y medio para predicar de Misión, como lo hice á tarde y mañana én la plaza al concurso crecidísimo de toda la comarca. En las cinco pláticas al pueblo y en la una á los muchos eclesiásticos que concurrie- ron, me dí por entendido contra los errores de su poblador Olavide, y sin nombrarlo por su. nombre

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