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— 405 — pecho á pecho, combatas, triunf es y pongas a los E nmdi- tos pres de la verdadera Religión del Reino, la impiedad que tanto en él cunde, y confundas con tu mis e á los que me ás la quieren contradecir. Esto como te he dicho es lo que á algunos por su desgracia se les permiti- rá, y tal vez se les dejará por. breve tiempo prevalecer; mas padeciendo, no resistiendolos, tri unfarás y los desarmarás. No lodudes! porque yo veo mucho más que expreso, y tengo dicho. Hasta en estote favorece el Señor, pues yo, siempre yo, reconozco en elda de mi alma, una cierta luz, queme dá á ver todo tu interior, no en cuan- to individuo fiel, sino en cuanto Ministro y misionero apostólico, cuya vocación y su fin me parece comprendo. De aqui es la firmeza con que te presagio lo que te espera. De aquí la fuerza con que te persuado que te de- jes conducir tods confiado en el poder, gracia y luz del que teenvía. De aquí la eficacia con que mis dictáme- nes te excitan, alientan y persuaden.De aquí la firmeza con que te aseguras y obras, según te lo ordeno, ren- dido y convencido de que oyes la de Dios en mis pala- bras, que ciertamente son suyas, porque mías no pueden ser, y yo séque no lo son. Más siento: pero... no! lo que importa es que ni por un. solo instante te emplees en los ejercicios de la mi- sión, sin dirigirlo todo al Dador de todo, quedándote tú abismado en el paca de tus miserias. Desde él sube al púlpito; desdeél ocupa el Roa desde él responde á las consultas; desde él acepta los aplau- sos, instruye á los ignorantes, consuela á los afligados, sémedia á los nece sstados, y dé salud, invocando el dul- cisimo Nombre de Jesús y María sobre los enfermos. Y, sin salir de aquel lugar propio de Er. Diego, como mintstro del Señor sosten con su divin1 autort- dad la que se te ha conferido, defendiendo, sí así con- 52 5 ' US

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