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396 — por llegar á este miserable! Veía llorar á gritos hombres, mujeres y niños, unos pidiendo la lluvia, otros compungidos de os culpas y todos claman- do: Padre de mi alma! Padre de mi corazón! y otras muchas semejantes expresiones. Costó mu- cho trabajo, tiempo y fatigas vernos libres de es- tos pueblos, y aunque interiormente me apuraba algo, procuraba tirar mi corazón por el suelo, y callar, y hacerme como un tronco en lo exterior, ya para recogerme, Óó ya para no ser desabrido á los que pasaban elínal rato en buscarme, etc. Aquí sucede casilo mismo aún antes de principiar la Misión (no principia hasta mañana por la tarde) pues ha sidoforzoso encerrarme y no'salir á los cumplimientos regulares, y aún así 'apenas estoy libre en el convento. Sírvase Dioscon todo, y use conmigo la misericordia que no merezco. Cuando tomé la carta de usted para leerla, me fuí á la presencia de mi Señor Sacramentado, co- mo acostumbro cuando hay proporción; y al leer que debía ponerme esfórzadamente delante de la divina justicia para impedirle que castigue á los pue- blos, no se que pasó por mí; pareciome que así era y derramando muchas lágrimas advertí un nuevo modo de compadecerme de mis prójimos, y una muy notable confianza y satisfacción para pedir y aleanzar de Dios su remedio y consuelo. Antes de llegar la carta (que ha sido para mí más que una Misión) me sentía quieto, devoto y en una santa indiferencia para el ministerio, aunque no dejaban de ir y venir mis cosas y miserias; mas luego que la leí, ya es otro mi interior, Otra mi resolución pa- ra todo. Oh! Dios sea el que pague á usted, Padre de mi alma, con eterna gloria el bien que hace á esta ruinísima criatura.
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