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NOTAS Pues, señor, cada carta de este santo varón es una maravilla nueva. Quiere eu dirigido defenderse de una injuria que le han hecho, y él lo deja parado, tamañito y estupefacto con estas valentísimas palabras:«Fr. Diego, aún vives? aún tienes honor que vindicar? aun quieres recomendar tu doctrina? Es tuya? No hay Dios en ]s. rael que vengue y defienda á sus ministros?... Vive Dios! que eres un apocado ministro suyo!... Deshónrente! per- persigante! mátente! que lo mereces; más que digo mere- cer?... El pecador de Fr. Diego merece lo que tan á ma- nos llenas dió el Padre eterno al Hijo de sus complacen- cias?» ácilmente se comprende lo que estas palabras ha- rían en el corazón del Beato: lo ataron para que no se pudiera mover ni quejar más, aunque lo crucificaran. Luego contesta á lo que le dice sobre la oración, ase- gurándole que esta es para la predicación lo que la empu- ñadura para la espada, y se lo explica, explanando unos versos del salmo 149"que bastarían para acreditar á este varón sapientísimo de expositor y escriturario, si no tu- viera ya acreditada esas brillantes cualidades en «sus ser- mones impresos. Yo confieso de mí que había rezado ese salmo muchos millares de veces, sin penetrar todos los sentidos que encierran sus versos últimos, hasta que leí esta carta del P. González y ví aplicado al ministerio apostólico del B. Diego las memorables palabras del pro- fota David. Exaltationes Dei, etc. De aquí toma ocasión para recomendar con eficacia la oración, pues de ella depende que la predicación sea fructuosa é infructuosa. Lean con atención esta carta los predicadores; léanla los que pretenden ser oradores sa- grados, y crean que sin oración serán sus sermones ñatus vocis, sonido de campana, fonógrafo que predica, música que deleita, pero no palabra de Dios, viva, eficaz y pene- trante, como espada de dos filos. ¿Por qué vemos hoy A rs er E EE IA ee EAT SA 7 A y

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