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My ur cm A IÓ ! O plicas y deseos, que hacen el epílogo de tus sermones. Quisieras arrojarte di sus piés en los ratos de oración, á ellos fijo tu pensamiento, quieto tu interior y lleno de humilde agradecimiento, volverle atento cuanto de su bendita mano recibes. Quisieras que consumida en pura llama de la santa Castidad, no viviera la carne mi tu- vieras en tus miembros la ley del pecado, que tanto contra- dice á la del espíritu. En una palabra quisieras go- bernará Dios. Fr. Diego, Fr. Diego! ruínhajo, es esto lo que quie- re Dios, y en su lugar te manda, recomenda y de cora- zón desea tu P. González? Es eso dejarte enteramente á Dios, muerto en todoá tí? Qué quiere ahora y «hoy de tí Dios? que prediques, que confieses, que confun- das, que pacifiques, que te humilles, que le vuelvas esos desmerecidos aplausos, estimaciones etc., que ores, que reces tu oficio, que digas misa, que ames la voluntad de Dios, la santificación tuya y de tus prójimos, que te renuncies, que resistas lo que te combata, y que pelecs con fé, confianza y resignación. Haga esto Fr. Diego, que poco importa que Fr. Diez go esté amargo, obscuro, tentado, desolado y como una bestia furiosa propendiendo á sus bestiales apetitos. Muera Fr. Diego de congoza, tribulación,y temor de que pierde á Dios, que estorba sus fines, que todo lo inficio- na; y pues, su vida no es ni puede ser otra que la que experimenta le infunde la voz de Dios, crea que cuanto más muera, más vivirá, porque no vivirá, sino Cristo en él, sí mandado á prediarle crucificado, piensa solo en predicarle, ynoen conocer lo que predica y como que- da él y como vive. Muérate, hijo de mi corazón, por Jesucristo y por la salvación de tus prójimos, que muerto estás en el mundo; y no reflecciones sobre tí mismo, que no te toca elegir medios, sino llenar los que te señala tu vocación
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