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— 325 — dido en la Catedral de toda la ciudad, y de los más de los protestantes: más luego que subí al púlpito, (¡oh Padre de mi alma! que justo es Dios, y como sabe enseñarme que el Señor y no yó ha de ser quien predique!) se me olvidó lo prevenido, puse otro tema, y estuve hora y media pe rdido, predicando con indecible confusión y caimiento de espíritu. Confesé después á los señores mi mi- seria, quedé amarguísimo y aun perdí el sueño por dos ó tres noches, hasta que empecé á oir los efectos del sermón en la convicencia de los here- jes, de los que parece se redujeron algunos pocos; ¡Dios sea bendito por todo! Desde esta Misión empecé á hacerme cargo de dirigir algunas criaturas, siendo la primera Madre Zayas, á quien por medios muy raros para ella, parece trajo el Señorá mi cargo para mayor con- fusión mía. De aquí pasé á Ronda para tener allí la cua- resma, y en este tiempo fué el tomar por Director al P. Fernández. Por entonces sucedió lo que no sé si he dichoá V. en otra; y fué, que una diri- gida de su merced (la que anda ahora juntando su dote en esa ciudad, Agustina del Rosario) me lla- mó un día, y me dijo había entendido me desti- naba el Señor para la reformación del estado eclesiástico, especialmente el secular: oíla con algún espacio, y retirándome á un cuarto apartado, puesto de rodillas y con alguna pusilanimidad dije: Señor aquí me tienes para cuanto quieras hacer de mí; pero si es verdad lo que acabo de oir, qué se- rá de mí; tu sabes que soy un ignorante, no tengo letras, ni virtud; si predico á los sabios lo que no sé,y me ponen un argumento, me convencerán, y no sabré qué responder; apenas había dicho en mi 42
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