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— 321— del conocimiento de la gran misericordia y bondad del Señor, y de los grandes motivos por la cierta esperanza de nuestra salvación. Hiceme yo cargo de mis culpas, y que ellas me hacían indigno de tanto bien, y merecedor de una irreparable perdi- ción; más me volví con la consideración al Señor, y representándole sus méritos infinitos, en lo que en aquel portal obraba y padecía, decía: Pues y estos méritos infinitos? y de pronto con la mayor viveza, como si me lo hubieran dicho, sentí en mi alma, ó se me fijó ésta respuesta, como que nacia del Niño Dios: Y qué importa? todo esto de nada te servt- rá, sino fueres otro Yo por imitación. Quedé aterrado, pero con ardientes deseos de servir á Jesucristo en mis obras interiores y exteriores, y desde entonces crece en mí por horas este deseo, al paso que cre- ce mi relajación y mí olvido en ejecutarlo. Al ejercicio de la Oración me aplicaba lo me- nos tres horas en el dia, sin lo que gastaba en la preparación y gracias de la misa, que compondria otra hora. En ella era lo común el estar violento, y distraido, sin jugo, sin afectos, ni cosa sensible; me seguía y arrastraba el sueño, la pereza y el horror de las sequedades, más con todo, solia no faltar jamás á ella, aunque con todo esfuerzo para sacudir lo dicho. Al tercer año me mandaron de improviso á predicar la cuaresma á Estepona; en esta villa ha- bía unos plejtos, y enconos fortísimos y de mucho escándalo entre el cura y el beneficiado, y á su ejemplo todo el pueblo dividido en bandos: conta- ban ya 15 años.ó más de discordia sin haber bastado para reconciliarlos, ni la eficacia del Ilmo. Señor Franquis, que encerrado con los dos en la sacristía y con un Crucifijo en su mano les persuadió la paz, AR A PR
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