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simo, con el que me confesé, y con su dictamen lo hacía todos los domingos con grande.consuelo y utilidad mía, pues la menor imperfección me pa- recía una montaña, sin declinar jamás en escrú- pulo, antes me reía de ellos. El oir á este religioso que tenía dón especial de hablar de Dios, me en- cendía en su divino amor y en unas ánsias insa- ciables de ser santo; para esto sin entender estas cosas ni aconsejármelo alguien, formé un librito de propósitos de aquellos ejercicios y virtudes más altas que á mí se me proponían ó leía en los santos, (este libro se me perdió en el noviciado); todo mi afán era ser capuchino para ser misionero y santo, y así me entretenía, para divertir mis ánsias, en cortar ó formar de papel capuchinos con la: cruz en la mano en acción de predicar, ó pintarlos con saliva en las puertas ó mesas, etc. Obligado de mi interior, me resolví á pedir el santo hábito al P. Guardián de allí, quien me res pondió lo diría á mi Padre; yo con el miedo que le tenía lo escusé; pero instado de mi interior volví á clamar, y el Prelado no haciendo caso de mi mie- do lo dijo á mi Padre, y resultó una terrible conju- ración de mi madrasta y los suyos: de mi Padre nada, ni en favor ni en contra. Era de noche y de dia un contínuo sermón con mil amenazas, prome- sas, etc.; yo callaba á todo, y cuando salía de su presencia me ponía á saltar de gozo en aquella du- ra conjuración, llamando á los ángeles para que la celebrasen conmigo. Ultimamente, allanado to- do, me examinó el dicho P. Guardián en la gra- mática y me halló inhábil: no obstante sacó mi Pa- dre la licencia del M. R. P. Provincial, pasé con ella á Sevilla, me presenté á examen, y siendo el mismo que antes y los examinadores rígidos, cobré

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