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— 267 — seer del temor mundano, de la cobardía de espíritu, y porque te delatan al consejo, á la suprema, te intimi- das y sobrecoges? No te aprobaré que un indiscreto celo te precipate, (confundiéndolo con el santo y apostólico) en invectivas contra la potestad pública, que sabes tiene á Dios ¿dla Divina por origen: que declames contra los Ministros y consejo, que determines lo que debes sin determinación reprender: que te arrojes d proposiciones y promesas que sean proféticas en la apariencia, ó temerarias en la co- mún estimación de los que las oyen, 6 demastadamente vagas y extrañas. Las delatadas, que me dices en. la última, no tienen censura; pero la motiva según temo tu gento tan cobarde para emprender, como esforzado para combatir, y así tú y yo neces ¿tamos de mucha luz: tú para nada ocultarme de lo que suceday obres, y pienses: y yo para separar lo precioso de lo vil, y darte el consejo y dictámen que sea más conforme á lo que Dios quiere de tí. ero si quiere, sí te inspira con suave violencia, st pone en tus labios sin prevención de tu estudio, reflección, y propio querer, esta, aquella ú otra proposición, ame- naza, promesa, desafo, sentencia, imperio; alienta tu fé: esfuerza tu confianza: habla con ardor santo, y dí lo que quieras que tibi dixit Dominus, due el que á nombre de Dios habla; y el que habla así, qué tiene que temer? qué puede “el mundo, qué puede cl infierno, qué sus visibles Ministros contra el omnipotente sermón que inspira el Omnipotente? Si es justisimo el santo Tribu- nal, ¿qué importa que los libertinos levanten el grito, y lleven hasta el extremo su resentimiento? Ladren, y la- dren rabiando, que no muerden ni morderán, y si Dios por sus secretos y adorables juicios permitiere que por al- gún tiempo prevalesca la potestad de las tinieblas con- tra el espíritu de la misión, que las combate, (y disipa-
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