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=+ 259 de allí. Había en la ciudad un escandaloso pleito de muchos años y enredos entre un señor canóni- go dignidad, el Sr. Corregidor y Sr. Provisor, á quién se agregaban en partidos y bandos los prin- cipales vecinos, casas y familias: todos juzgaban por imposible (salv o un milagro) la composición de tanto enredo. Llegué al pueblo acompañándome el Sr. Obispo á pié; conmovióse toda la ciudad á nuestra entrada y se dió principio á la misión al dia siguiente en la forma común, aunque en el mo- do de hablar ya era con ardor, despejo y eficacia terrible. Así seguí varios días sin moverse el audi- torio que se componía de los vecinos y de toda la comarca. Al cuarto ó quinto día hice un acto de contricción muy fuerte, y ya empezó á moverse algo el interior de todos. Las doctrinas todas y el modo era duro, fuerte y muy convincente, sin po- derme ir ála mano. Lle gó el día dispuesto para la función de enemigosy por el estremado concurso no pudo ser en la Iglesia, como se había pen- sado, y fué forzoso volvernos á la plaza como se había hecho desde el primer día: fué este sermón de más ardor y fuerzas de la que puedo insinuar á us- ted. Cada pasaje de la sagrada Escritura, ó de al guna historia oportuna era una espada que no de- jaba efugio, ni tenía su golpe resistencia; yo mismo lo conocía asi: Tomé por último el Santo Cristo, y empecé á reconvenirle con lo duro de aquel precep- to, proseguí alegando nuestro derecho á la honra, y le dije con despego. ¿Señor, qué ley es esta tan dura? ¿y nuestro honor? tu lo has dispuesto; pero qué sabes tú lo que es honor? tú nacido entre brutos, criado en la tienda de un pobre carpintero: tratando siempre con la gente más soéz de los pue- blos, y últimamente muerto ifrentosamente en esa
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