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>. 4) mo puede y he menester. Padre, de usted su menor y más afectísimo hijo y siervo que en Dios lo ama y venera, T ; Y DS dz. V1eg O d. ce Caovo. NOTAS No sé si habrá quien lea la carta precedente sin sentir asombro en el alma, á vista de la altísima santidad y hu- mildad profundísima de este siervo de Dios. El mis- mo confiesa que quizás no harían más con Jesucristo las turbas dol Evangelio; y tantos y tan inusitados aplausos los miraba el con indiferencia y fastidio. En cambio se le deshace el «alma ul saber que una mala mujer ha muerto sin confesión; y quiere bajar al infierno para sacarla de él, y predicar allí misión, y en el Limbo y en la gloria. Qué caridad tan estupenda! No hallamos iguales expresiones en ningún otro varón apostólico. No quiero morirme hasta el día del juicio, que deje convertido á todo el mundo (que-estando en el cielo que por mis culpas no merezco) le diré 4 Dios: ¿qué hago yo aquí parado? Déjame! dame Señor licencia para ir ú misión! y entonces andarlo todo, el Limbo, y el Infierno: y últimamente hacerla á los santos del Cielo. Cuando la caridad es muy ardiente tieae en los san- tos visos de locura, de tal suerte que una caridad grande parece á muchos una gran locura, y una caridad infinita una infinita locura, que tal parece á los ojos de la razón la muerte de Dios humanado en la cruz por amor del hom- bre: y como el Beato Diego participaba en tanto grado de ese amor infinito y de esa infinita locura, por eso dice él de sí mismo:. Locuras son, yo lo confieso; pero no puedo irme á la mano... y se me pasan los ratos pensando estos de- satinos. Dichosa el alma que'así arde en las llamas de la caridad!

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