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— 246 - y el todo de lo que quiere de mí. No me quite el Señor la vida hasta que lo cumpla, pues solo pen- sar lo Contrario me es indecible angustia. Ya salí de Granada, donde no ha faltado que ofrecer á Dios, ya por el material quebranto cau- sado de los locos y extremados aplausos de las gen- tes de toda clase, y ya por alguna desazoncilla de resultas de la predicación. Los aplausos han sido desmedidos: se dijo lo de la paloma, que la vió una pobrecita de un lugarito de la Vega; corrió la voz de un pobrecillo baldado ó cojo que dicentiró las muletas y echó á andar con un evangelio ó cédula, (yo no lo ví:) se dijo de algún otro desahuciado ha- ber recobrado su salud con las cédulas; se divulgó el modo de opinar de los más doctos sobre mi predicación; veían á las comunidades todas, los re- ligiosos más graves, los Doctores y demás ecle- siásticos recomendables por sus canas, su virtud, sus letras ó empleos, que todos á porfia venian á los sermones, que sesentaban en el suelo con los demás, que corrían precipitadamente por lo- grar sitio aun en presencia del Ilmo. y su Cabil- do; veían su moción, su llanto, etc., y fué la causa (creo) pensasen ó creyesen había en mí lo que en verdad no hay: me seguían y perseguían, de modo que fué necesario pusiesen diez y nueve óÓ veinte soldados todos los días en el convento donde es- taba, á custodiar puertas, ángulos, etc. Si me mo- vía de un sitio áotro, y más si salía á la calle para mi tarea, iban cinco ó siete de ellos con bayoneta calada, cuidando á este antípoda de Jesucristo mi Señor: iban otros religiosos, y con todo no siem- pre bastaba; es más, Padre mío, de lo que puedo de- cir ó sé explicar. Esto me cansaba mucho, y alguna vez me ha-
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