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— 2 4 5 «q tro Señor dé á conocer á usted lo que quiero y no sé decirle. Hay algunas expresiones en todas sus cartas, que la abundancia de espíritu que comuni- can me anudan la garganta y embarga la respira- ción, de modo que es necesario suspender la lectu- ra y dejar correr las lágrimas, ó dar lugar á que respire el corazón. ¿Qué es esto? Yo no lo entiendo. Solo sé que cada carta en que me trata usted de esas profecías y reglas de mi gobierno me sacan de mí y me llevan como á otra región donde pien- so, quiero y trato de un modo muy diverso que el de hasta entonces. No sé como no reventó mi co- razón cuando leí en la penúltima que sería heredero del espiritu de san Francisco, mi E adre. Solo un cora- zón tan empedernido como el mío pudo sufrirlo y resistirlo. Esta última en que me dice usted ó me repite los fines á que soy destinado, y que pelearé, vence- ré y moriré asistido de mi Dios, luchando contra este fatalmente ilustrado siglo, y me enseña el mo- do de proporcionarme para ello, hizo casi iguales efectos; pero me lleno de indecible amargura cuan- do me dice que puedo no llenar estos fines de Dios, si me dejo llevar de mis fervores y enfermo con la tarea. Oh Padre de mi alma! ¿No ve el Señor que solo hago lo que no puedo excusar? ¿No lo dis- pone así? No melo aprueba por usted? Pues, por qué he de impedir su obra? Confieso á usted se desha- ce mi corazón de solo pensarlo. £l non plus sápere guan oportet, (que con la luz de usted helogrado en- tender en él lo que antes ignoraba) se ha fijado tanto en mi espíritu que al modo de un cuchillo siempre me está hiriendo y atormentando. Si usted no se empeña con Dios, soy perdido. Nada quie- ro en el cielo ni en la tierra, sino llenar su voluntad, A A ES

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